sábado, 12 de enero de 2019

Fiestas Patrias 2018 en Colombia, día 4, de Riohacha a Cabo de la Vela...Meta cumplida!!

Nos levantamos muy temprano, como a las 6, para llegar lo antes posible a Riohacha, donde nos esperaban Camarón, la Marcella y el desayuno.
Cargamos las motos y partimos, por el camino malo, que ya sabíamos cómo era.
En el estacionamiento había una camioneta con grandes letras, UN, en el capó y las puertas. A primera vista, parecía de las naciones Unidas, pero las letras eran negras y no azules. No hubo tiempo de averiguar más.







En Colombia todo parte muy temprano, desde las 6 en adelante hay mucho movimiento. Debemos haber salido como a las 7.
El camino no era malo, era pésimo! Había que ir muy atentos para no meterse en alguno de los baches que podían ser bien profundos. Además, varios todavía con agua, no son tan notorios, y cuando te toca detrás de un camión o de un auto, es fatal porque no se ve hasta que ya estás encima. 
El que iba detrás del Rana decía que, como buena Rana, iba saltando de charco en charco.
Ya estábamos en plena Guajira Colombiana, zona lejana, inhóspita y conflictiva, capturada por el contrabando y donde los recursos del estado no llegan.
Es un departamento cuya capital es Riohacha, y que entre otros, está conformado por la península guajira y partes de la Sierra Nevada. 
En esta zona se encuentra el desierto y la selva seca.

Es histórica y ancestralmente territorio wayuu, perteneciente a este pueblo indígena nómade, con idioma propio, matriarcal, que viven desperdigados en su territorio,  pastoreando sus chivos, algunos en caletas de pescadores, otros en el desierto, en pésimas condiciones, sin servicios básicos ni educación. Aprovechan las lluvias para juntar agua, ya que el territorio es seco y no hay napas subterráneas.


Asimismo, en Riohacha está la Universidad de La Guajira.


Es también la cuna del vallenato, ritmo musical que suena con estridencia en todas partes.
Como a las 9 ya estábamos en Riohacha. 
Un caos gigante. Vampiro dice que es lo más parecido a India que le ha tocado conocer. El gentío, los autos, las motos, los cruces, ufff!! (más el cambio que no entraba).
Por suerte no nos perdimos y llegamos al hotel, donde nos estaban esperando para tomar desayuno. 


Estacionamos las motos en el parking privado del hotel, y nos fuimos a desayunar.
Probé los huevos pericos, huevos revueltos con cebolla y tomate, muy ricos.
Teníamos que ver quienes seguirían en moto y quienes preferían ir en camioneta. Solo Migué quería ir en moto. 
Lo tenía atravesado desde que había ido en auto, 10 años antes. Una especie de meta personal.
Popeye se ofreció para ir en moto, para que Migué no fuera solo, pero prefería ir en auto. 
Migué iría en la Africa de Cristián, más apropiada para el terreno, y para probar el cambio automático.
Luego nos fuimos a las habitaciones a cambiarnos de ropa y organizar lo que quedaría en el hotel. 
Algunos tuvieron tiempo de ir al mall de Riohacha.

Como a Cabo de la Vela íbamos en camioneta, entre todos tomamos una habitación para dejar las cosas ahí, y así volver al otro día, cambiarnos a ropa de moto y seguir a Santa Marta.
Como a las 11:30 ya estábamos listos para partir. Migué había contratado 2 camionetas para los, a esa altura, nada rudos motoristas.
Qué agrado ir sentada cómodamente, con aire acondicionado, admirando el paisaje y escuchando las historias de nuestro conductor, Luis, un guatón simpatiquísimo, hijo de padre colombiano y madre wayuu, por lo que está familiarizado con esa cultura y el idioma.
Cruzamos la ciudad y nos dirigimos por un camino bastante bueno hacia Uribia, a unos 40 Km. 



Harto control militar en el camino, soldados con traje de mimetismo adhoc a la zona, con sus fusiles en ristre, que después de haber visto tantos, ya no resultaban amenazantes.


A poco andar entramos a un sitio eriazo, menos que un campamento donde se instalan los que venden la bencina de contrabando traída a la mala desde Venezuela, con el propósito de comprar la bencina del mercado negro.
Parece que no llegaron a acuerdo, y seguimos camino.



Botellas de bebida con bencina, las pimpinas
Impresionante como la gente se traslada en camiones, como si fueran bultos, o en la parte de atrás de las camionetas, sin absolutamente ninguna medida de seguridad.


Más adelante ya se empezaban a ver grandes charcos, producto de las lluvias de los días anteriores. Incluso una verdadera laguna, al lado del camino y antes de la playa.
Lo que se ve no es mar, es la inundación

Llueve muy poco, pero cuando ocurre muchas zonas se inundan.
Algunas faenas, como de extracción de áridos, bajo el agua, esperando que se secara para ser retomada.




Luis nos contaba de la historia de la región, y cómo el tema del contrabando había sido crucial en la economía. 
Lo llaman las bonanzas, primero fue la del café, cuando exportar en grandes cantidades era un delito, y algunos transportaban ilegalmente el producto y lo embarcaban con poco control en los puertos de la zona, ganando mucha plata.
Después vino la bonanza marimbera, con el cultivo y tráfico de marihuana, de muy buena calidad y muy apreciada por los narcotraficantes norteamericanos.
Muchos se hicieron muy ricos, y parte de algunas obras de la ciudad se financiaron con dineros provenientes de esa fuente. De hecho, cuentan que en Riohacha cortaban la luz a cierta hora en la noche para que los camiones cargados con droga, circularan por la ciudad y pasaran más desapercibidos.
Se generó una especie de cultura del dinero fácil, que persiste hasta ahora.
Finalmente la policía y el ejército que habían sido comprados por los narcos antes, le pusieron coto al tráfico, y además la calidad bajó porque la mezclaban con cilantro para aumentar el volumen y dar abasto a los requerimientos de USA. 
Todo esto, sumado a que en USA se mejoró la calidad de la que podían producir ellos, hizo que la bonanza marimbera llegara a su fin.
Aparentemente la producción y tráfico de coca ha sido fugaz y dejó muchos muertos y pocos beneficios
Actualmente existe la bonanza de la gasolina, que dicen que es más lucrativa que las anteriores, y  el turismo como industria incipiente.
Al poco rato ya estábamos en la costa caribeña, con ese mar calipso increíble.
Nos detuvimos para ver en el horizonte las instalaciones de plataformas petroleras o de gas natural (no recuerdo bien) que dan trabajo a mucha gente de la zona. 



Se nos acercó el primer wayuu que veíamos, pero más bien cosmopolita porque hablaba español, y conversó un buen rato con la Antonieta.

Camarón no se bajó porque no le gusta el sol,  se quedó en la camioneta y no salió en la foto.

Ahí nos enteramos de que las camionetas eran venezolanas, robadas, y semi regularizadas, es decir tenían papeles colombianos a pesar de su origen.

Seguimos, aún por camino pavimentado, con las lagunas a lado y lado, atravesando lo que llaman la selva seca, que básicamente son grandes extensiones de terreno seco y árido, pero con verdaderos bosques de espinos.
En algún punto se acabó el pavimento, pero había maquinaria y una cuadrilla que trabajaba en ello.



Paramos en el Pueblo del Pájaro.
Creo que ahí compraron bencina.
Nos bajamos para acercarnos al Caribe, que estaba ahí, a metros de la casa donde comercializaban las pimpinas.
El Rana no se aguantó y se metió al agua hasta las rodillas, peor es nada, dicen.
Camarón se bajó, se acercó al borde, metió la mano al agua y después pidió agua dulce para enjuagarse jajajajaja. Luis lo ayudó con una botella de agua de la que tienen para lavarse después de trasvasijar la bencina.


El pueblo, como toda la zona aún acusaba las inundaciones provocadas por las lluvias recientes.




Luis nos contó que en ese pueblo, en la década de los 70 se desató una guerra entre dos familias, después que uno de los jóvenes de una familia había tenido una relación y había intimado con una muchacha de la otra familia, pero no había querido casarse con ella. Osea, había "perjudicado a la muchacha" (sic), y la familia, deshonrada, había tomado venganza. Murieron más de 100 personas, y el conflicto se mantuvo por mucho tiempo.
Seguimos camino hacia Manaure, famosa por las salinas. Es la capital de la salinidad colombiana. 





El camino, que seguía siendo de tierra, estaba bien malo en algunas partes a causa de las inundaciones, mucho barro y deformaciones por las huellas de vehículos pesados.


A ambos lados del camino se ven wayuus en sus tiendas, cuatro palos parados con ramas encima a modo de techo o quitasol, la miseria misma, o en sus hamacas, esperando algo... algunos venden la poquísima bencina que pueden haber conseguido, barata o robada.

Aquí si que vimos motos con familias completas, por supuesto sin casco,  y también carga de todos tipos. Muchos wayuu las usan y se reconocen por su vestimenta colorida y característica, y por ir con la cara tapada, como los musulmanes.







Ibamos por la tierra, en una parte como a campo traviesa, en que se va eligiendo la huella para seguir, cuando nos encontramos con una cuerda gruesa atravesada en el camino. Y en cuanto nos acercamos un poco más, salió un wayuu a interceptarnos. 


Dejan niños solos a cargo de los "peajes"


Creo que ha sido el único momento en que sentí miedo. Ni la lluvia, ni los porrazos, ni los tacos de noche, ni ir sola me alarmaron. Pero esto sí. Era como una emboscada y al tiro se vienen las imágenes de la guerrilla, de las FARC, de los secuestros, etc etc. 

Pero nada, es una pobre gente, que no tienen nada, que están en sus tierras, y llegan los turistas a invadirlos. Piden un peaje, que es una miseria en verdad, lo que el conductor les quiera dar. 500 pesos chilenos, como mucho. Da no sé que verlos ahí en esa miseria, vagando por el desierto. 

En el primer peaje, que era una cuerda, Luis molesto con el inconveniente, aceleró y se llevó la cuerda con la camioneta

Más allá había uno con un cable de acero, paró, retó bien retado en wayuu al hombre a cargo, hasta que bajó el cable y nos dejó pasar. Un tercero, apostado más adelante se dio cuenta que la camioneta no pensaba en parar y bajó el cordel para que no se lo cortaran.

Yo estaba más que feliz de no haber ido en moto. Ahí si que me muero del susto.

Como a las 2 llegamos al lugar donde íbamos a almorzar.





Un lugar muy rústico, en la playa misma. Muy modesto pero muy agradable. Claro que con los aguaceros se había cortado la luz y las cervezas no estaban muy frías, pero les echamos unos hielos y las disfrutamos igual.
Se acercaron muchos niños, que ya habían salido del colegio, muy curiosos, y esperando que les diéramos plata o les compráramos algo. Les dije que cuando nos fuéramos les compraba una bebida.




El Rana, que es fanático del Caribe, se tiró al agua antes de almorzar.


Cuando nos trajeron la comida, me di cuenta que no podía partir nada, la mano no me respondía. La noche anterior había comido pizza con la mano, sin cubiertos, así que no me había dado cuenta de la dificultad.

Pero Migué me desmenuzó el pescado (Pargo creo que era, y venía entero en el plato), le sacó las espinas y me lo dejó listo para comérmelo sin problemas. Me comentó que está acostumbrado porque siempre le toca hacer lo mismo con Angelita, su hija. Asi, más regalona imposible!


El entorno era de ensueño, la playa preciosa, todo rústico, aún no distorsionado por la "civilización".
Ya era hora de irse, y fuimos a pagar. La Marcella se agarró con el de la caja, con toda razón, porque no le respetó el precio que salía en la lista de precios, y le estaba cobrando demás el vivo. Lo que más molestó es que traten de aprovecharse.
Yo pagué y compré las bebidas para los niños, que vinieron a cobrármela.
Poco más adelante, entramos a una población, muy pobre, un campamento más bien, con suelo de tierra, bolsas plásticas por montones atrapadas en la escasa vegetación, niños a pie pelado, y hombres vendiendo bencina traída de contrabando desde Venezuela. Una verdadera realidad paralela, que uno no se imagina si no está ahí.


Mientras Luis negociaba con el vendedor, Migué jugaba futbol con un chico. La bencina la venden por pimpinas, que son bidones como de 20 litros y botellas de bebida de 2 o 3 lt, que se ha transformado en un  negocio ilegal pero tolerado. No entendí bien cuál era la medida y qué cálculo hacían para cobrar. 
Tenían todo un sistema con palos y troncos para encaramar la rueda trasera, y así ladear la camioneta para acomodar mejor la bencina... no lo entendí tampoco.

 Seguimos camino con un calor horrible, por un camino regular. El termómetro marcaba 37º. Que rico era ir con aire acondicionado en la camioneta!




Entre el desvío a Cabo de la Vela, y donde está el letrero, serán 20 o 30 Km, pero se hacen eternos. 
Migué paró para que le convidáramos agua. Al instante aparecieron varios niños venidos del tierral, de la nada...



En ese tramo anduvimos por el desierto de la guajira, un paisaje insólito, seco y con cactus, pensando que tan cerca  hay bosques tropicales alucinantes. la travesía, no faltaba tanto para llegar a Cabo de la Vela, pero el camino era horrible o fascinante para algunos. Parecía el Dakar. Sin huella, con barro, con arena, cruces con agua, piedras sueltas.
Cualquier cosa que diga es poco. 
En la mitad de la nada unos niños ofrecían las ya familiares pimpinas. Que realidad más dura... se encoge el corazón

Cuando llegamos al cruce con agua nos preocupamos mucho porque no sabíamos si las motos podrían pasar.


Primero pasamos nosotros en la camioneta, Luis le pegaba harto a manejar off road. Luego pasó Migué, sin titubear, siguiendo la huella de la camioneta, y ya sabiendo qué tan profundo era.

Al otro lado Popeye esperaba su turno y el resto de la comitiva observaba atenta la operación , igual que nosotros. 
Popeye hizo lo suyo y se tiró decidido  a vadear la poza, mientras el Rana le gritaba "está duro, está duro!!" jajajajaja después nos reímos con el video, en el momento la sufrimos.





En ese minuto Popeye estaba chato... maldecía por haber ido en moto.... Pobre.Por último cruzó la camioneta y seguimos la travesía.En el último tramo nos separamos y cada tanto divisábamos las motos. De hecho, cada uno se iba por donde mejor le pareciera.
Los de la otra camioneta con Popeye pararon a tomar unas cervezas.


Al final de la tarde llegamos al destino objetivo de este viaje, Cabo de la Vela.
Es un villorrio o poblado, de pocas casas, unos pocos hostales como única alternativa de alojamiento, sin agua potable, sólo agua traída por camiones aljibe, y luz hasta las 22 horas y que, desde hace muy poco tiene alguna actividad turística.
Y otro ejemplo de la mala gestión o de la corrupción directamente, ya que hay postes y tendido eléctrico, pero nunca llegó la electricidad.





A este niño lo bañaban con un jarro con agua

Es más o menos conocido por ser un paraíso para la práctica del kitesurf. 
De hecho en cuanto llegamos vimos a muchos volando y surfeando con sus tablas y sus cometas, parecidos a los parapentes pero más chicos. Todo esto al atardecer, era un espectáculo bellísimo. Quedamos como hipnotizados.



Ojitos se acercó a uno de los surfistas y le metió conversa.

Popeye venía bien cansado y mosqueado con el camino. El se había imaginado solo un camino de tierra, y no la tremenda exigencia de manejar en terreno 
Fuimos al hostal reservado por internet, el Pujuru, y entramos altiro en onda con la precariedad del lugar. 
Todo muy simple, muy básico, pero con una magia difícil de describir. Pero precario y todo, no faltaron las cervezas heladas, recién llegados, y maravillados con este lugar impensado. Las "casas" y los hostales están a pocos metros del mar, que es como una piscina sin olas.




A la salida del hostal estaba una mujer wayuu, sentada en el suelo, con una cantidad de mochilas, como le dicen allá a unos bolsos cilíndricos, artesanales, multicolores lindos, que esperaba vender a los turistas. Le pregunté cuánto costaban. En ese momento no tenía plata a mano y nos íbamos yendo al faro por lo que le pregunté si estaría al otro día. Me contestó que no, en un tono tan mala onda y tan agresivo que se me quitaron todas las ganas de comprarle nada...

Antes que terminara el día fuimos al faro a ver el atardecer, en la cima del cerro donde se emplaza, muy cerca del pueblo. Había mucha gente en el mismo menester, y después, mirando en internet, aparece la puesta de sol en el faro de Cabo de la Vela como un must, y ahí estábamos, ni más ni menos, gracias a Luis que decidió apurarnos y llevarnos.



Volvimos al hostal más que contentos, a comer (antes de salir habíamos dejado encargada la comida). Compartimos el comedor con un grupo de unos 10 cabros y cabras jóvenes, que parecían alemanes o australianos, y hablaban inglés.
La comida muy básica, carne o pollo con un patacón y arroz y alguna miniensalada. Yo pedí el vegetariano, imaginándome el vegetariano chileno, que es un cerro de vegetales crudos y cocidos, y un huevo duro y un poco de quesillo... nada que ver. 
Me trajeron una sopa, como los potajes antiguos, con un poco de ensalada al lado jajajajaja! 
El Rana, que es de los que se inspira y habla bonito, aprovechó el momento para contar que, en Santiago, el había hecho un compromiso con Migué. El compromiso era que si llegábamos sanos y salvos a Cabo la Vela el le iba a invitar una cerveza. Cumplió su palabra, le regaló una cerveza y le dio cierta solemnidad al momento.
Yo creo que internamente todos dábamos gracias a Migué y a la vida por estar en un lugar tan bello como improbable.

Después de comida nos fuimos a la playa a estar un rato, totalmente oscuro, casi no nos veíamos las caras.





Más tarde nos fuimos a acostar, no sin antes haber acordado que nos bañaríamos en el mar a las 7, antes del desayuno.
Mi habitación

 Los tres roncadores compartieron pieza y los bautizamos como los 3 tenores (Popeye, Cristián y Rana).
Todos se quejaron del calor al otro día. Yo me desperté con un poco de frío y me tapé con la sábana.
La Antonieta sintió un bicho que le caminaba por la pierna, pero sin luz, no pudo saber bien qué había sido.
Migué se levantó en la noche a guardar la moto, advertido por alguien de que no era buena idea dejarla en la "calle". Después de eso, por el calor, se acostó en una hamaca al aire libre a seguir durmiendo.
En fin, un tramo de 160 Km que nos tomó casi todo el día cubrir, con demasiadas experiencias para procesar en tan poco tiempo.




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